lunes, 11 de noviembre de 2013

♠ MARCEL PROUST, EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (Centenario)

Cien años de búsqueda y encuentro con Proust
                                                                        Retrato social. Escritor francés Marcel Proust. 
                                                                 El lenguaje en su obra es una suerte de memoria viva de su época.

Centenario. Hace un siglo el escritor francés entregó a las imprentas los originales de En busca del tiempo perdido, una saga fundamental en la literatura contemporánea.

Patricia de Souza.

“Las intermitencias del corazón”. Este es el título que debía llevar los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, uno de los textos más ambiciosos, complejos, intensos y divertidos de la literatura francesa de la primera parte del siglo XX. El atadillo con los nueve volúmenes llegó primero a manos de André Gide, en la editorial Gallimard.

Al parecer Gide elige un tomo al azar, que lee con apuro, sin dejarse llevar por la escritura envolvente, de aliento poético, que caracteriza a la escritura del autor. Encontró demasiadas referencias al mundo aristocrático de la época y descartó el texto por “snob”.

Marcel Proust decide editarlo con la editorial Grasset que lo acepta inmediatamente. Luego es conocida la carta que envía Gide a Proust disculpándose por su torpeza y pidiéndole que publique los demás tomos con Gallimard.

El primero lleva por título Por los caminos de Swan (Du coté de chez Swan) y empieza con esa deliciosa escena en una habitación que el narrador evoca con la célebre frase: “Por mucho tiempo me he acostado temprano” que nos va llevando a través de recuerdos, olores, sonidos, sabores, imágenes, una cadena de evocaciones que es como el ADN de esta  novela. El idioma de Proust es la memoria viva de una época, además de ser una exploración del lenguaje, sus sutilezas, sus evocaciones, una carne que late en cada fragmento de las páginas de La búsqueda. Las “intermitencias” son también esos latidos del corazón que acompañan la reflexión. 

Entrar en Proust es perderse en esa voluptuosidad de la lengua que nos muestra las huellas más escondidas de la memoria. Su capacidad de síntesis (sobre la situación social de su época, el caso Dreyfus, etc.), que atraviesa la realidad, son parte de esa porosidad proustiana que muchas personas apreciamos pero que no parece evidente en la primera lectura. Hay una bondad en Proust para observar a sus personajes. Imaginémoslo con las cortinas corridas, encerrado, escribiendo.

Jean Cocteau decía que ir a verlo era todo un espectáculo, primero, por esa salud frágil que siempre lo mantuvo un poco postrado y que quizás es el tono que domina en La búsqueda..., el laxismo de la enfermedad, su especie de silencio. Generalmente llevaba guantes blancos para tocar los objetos, y no podía soportar la presencia de ninguna planta sin desatar una crisis de asma. ¿Neurótico? Quizás, hay que ser un obsesivo para escribir como lo hizo, tantos tomos, inventar tantos personajes, tantas situaciones. Hay muchas veces repeticiones, algunos lapsus porque los dictaba y corregía poco su prosa que salía de golpe, como en estado sonámbulo. 

En busca del tiempo perdido empieza como la idea de un ensayo dirigido a Saint-Beuve, el crítico más importante de entonces quien había hecho de la crítica literaria un ejercicio causa-efecto, demasiado encarnado en la vida del autor.

El camino personal

El caso que Proust disimule su homosexualidad transfiriéndola al mundo heterosexual, donde los personajes están siempre enamorados de una mujer, no es casual. En ese entonces hubiese sido imposible que el autor revele su opción sexual y que su libro fuese aceptado por la crítica. Proust, aunque burgués, carecía de los recursos psicológicos y humanos para confesar su homosexualidad. 

Es curioso porque también hay una resistencia a inscribirse en una forma de sexualidad definida. Es un poco un “queer” (la idea de que la orientación sexual es una construcción social y que puede desempeñar distintos roles sexuales) aunque Proust es todavía más sutil: él entiende que la sexualidad no se reduce a un plano semántico uniforme sino diverso, inagotable, que la identificación, con la madre, la abuela (los personajes más fuertes en La búsqueda...) son también pasajes por los que todo hombre transita, y el deseo de ser ellas, una de las formas de identificación amorosa. 

Proust nunca quiso hacer de sus personajes estereotipos, modelos morales, solo personas en carne y hueso. La obra de Proust es lo contrario del miedo y de la desconfianza, es la vida en su forma más rotunda, más vital. A lo mejor Proust también se adelantó a Lacan: “No hay relación amorosa, hay intercambio de lenguaje”.
  
 
Datos
 
El autor. Nació en París en 1871 y murió, también en París, en 1922.
La saga.  La novela En busca del tiempo perdido, compuesta de siete partes fue publicada entre 1913 y 1927.

Leer I tomo: Por el Camino de Swann
http://bivir.uacj.mx/LibrosElectronicosLibres/Autores/MarcelProust/En%20busca%20del%20tiempo%20perdido%20I.


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