domingo, 11 de julio de 2010

♠ LOS ÁRBOLES DE LA VIDA CONTRA LA DEFORESTACIÓN

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Carlos Villacorta Valles

La destrucción de millones de hectáreas de bosques es el principal agente desestabilizador de la naturaleza. El hombre, en su desmedido afán de enriquecimiento, en nombre de la civilización y del progreso, en menos de dos siglos ha echado por los suelos gran parte de las selvas tropicales que la Tierra ha protegido durante milenios de años.



Con la aparición de la gran industria se agudizó el problema, hasta casi acabar con 20 mil años de paciente y prodigiosa evolución de la naturaleza. El género humano empezó destruyendo extensos bosques vírgenes y seguidamente contaminó mares y ríos.
A una década del inicio del tercer milenio, sólo queda el 20 por ciento de los bosques primarios del planeta, la principal responsable de esta sistemática deforestación ha sido la locura autodestructiva de los individuos, aunanda a los fenómenos naturales que cada cierto tiempo arrecian en gran parte del planeta.



Ante la inexorable devastación de las selvas tropicales, hombres visionarios elevaron su voz de alerta advirtiendo sobre el inminente peligro por la persistente destrucción de la floresta en diferentes regiones del orbe.



Entre ellos el escritor belga premio Nobel de Literatura en 1911, Maurice Maeterlinck (Gante 1862, Niza 1949), cuando pronosticó en 1920 que: “La civilización comenzó con el corte del primer árbol y terminará con el corte del último”. Es decir que la insensatez humana por su desmedida ambición de lucro es capaz de autodestruirse.



Con similar dedicación, el conservacionista francés Jacques Cousteau (Burdeos 1910, París&sa=Buscar" title="buscar información sobre París" class="resaltar">París 1997), al percatarse del maltrato a la biósfera sentenció alarmado: “Si asumiéramos que la naturaleza puede soportar nuestros febriles desarrollos, es probable que la humanidad fuera condenada al mismo destino que los dinosaurios. La destrucción es fácil y rápida, pero la reconstrucción es lenta y difícil”.



El célebre oceanógrafo cuando en 1983 vino al Perú al recorrer la vasta amazonía se percató del inminente peligro ecológico que pendía del gran río, por la sistemática destrucción de la exuberante vegetación.



Los bosques tropicales acogen el 50% de los recursos mundiales, de plantas y animales, el 50% de los vertebrados conocidos, el 60% de los vegetales y el 90% de otras especies conocidas. Además ofrecen a la humanidad diversos beneficios no valorados, son grandes aliados en la batalla contra el cambio climático y el calentamiento global del planeta, siempre que el hombre comience a plantarlos y deje de destruirlos. No seamos nosotros lo que cortemos el último árbol, sino los primeros en plantarlos.



La deforestación, un fenómeno que se registra en todo el mundo, tiene un efecto doblemente nocivo, reduce el número de árboles que pueden recuperar el dióxido de carbono producido por la actividad humana, y libera en la atmósfera el carbono contenido en los árboles que se talan. Europa es un claro ejemplo. Uno de los pocos bosques vírgenes es el parque nacional de Bialowieza, que comparten Polonia y Belarús. Lo demás es reforestación que emprendió en los últimos años, con resultados positivos.



Abandone el planeta



En la Conferencia sobre Cambio Climático realizada en Bali, Indonesia, en diciembre del 2007, más de un centenar de gobiernos firmaron la “Hoja de Ruta”, que da las pautas para reducir la contaminación ambiental en el mundo. Pero ante la negativa norteamericana de suscribir el documento, el delegado de Papúa Nueva Guinea le reconvino: “Si EE.UU. no desea colaborar, que deje vía libre a los demás, que abandone la conferencia, la negociación o el planeta”, el argumento fue tan contundente que de inmediato cedieron.



La dispersión de carburantes y otros insumos químicos en los ríos y lagos de la selva peruana, como el derrame de petróleo en los principales ríos tributarios del Amazonas: Marañón, Corrientes, Pachitea, etc., son otros agentes de los desastres ecológicos que dañan a la flora, fauna y afecta a muchas comunidades nativas ribereñas.



Mientras la mayoría de las naciones hacen denodados esfuerzos por cuidar los bosques, en el nuestro hacemos lo contrario, destruimos lo que está al alcance de la mano, con el argumento de que “tenemos de todo y nos sobra”. Solo por citar un ejemplo, hasta el 2000 en el país había más de 45 millones de hectáreas de bosques, una década después (2010) amplias zonas de la selva están semidesiertas.



A pesar que el Perú, después de Brasil, Indonesia y Malasia tiene mayor extensión de bosques naturales, su existencia es más precaria por la vulnerabilidad de las leyes que emanan de los poderes del Estado: Ejecutivo y Legislativo, que no favorecen su conservación. Nos limitamos a mantener unas 60 áreas naturales protegidas y cotos de caza dispersos como lunares en el amplio espectro de zonas yermas.



Última frontera



En la actualidad la Amazonía aún es el mayor y mejor bosque tropical conservado del planeta, todavía es considerado la última frontera de la biodiversidad. Tiene más de seis millones de kilómetros cuadrados y la quinta parte del agua dulce a nivel mundial. Brasil ocupa un tercio (42%) del total y nuestro país dos terceras partes. Sin embargo, hasta 1998 talaron más de 60 mil km2 de las especies más cotizadas en el mercado internacional. Se calcula que en las dos últimas décadas más de 10 millones de hectáreas de bosques se han perdido definitivamente por actividades económicas sin ninguna planificación.



Ante situaciones como ésta, el gobierno brasileño, preocupado por frenar la desertificación del extenso país, creó una reserva forestal en el estado de Belem do Pará de 150,000 km2 (equivalente a Portugal, Suiza y Dinamarca, juntos). Si en nuestro país emuláramos este ejemplo la conservación de los bosques amazónicos estaría garantizada.



A fines del 2006, el gobierno, en aplicación de su política de “puertas abiertas” en la Amazonía concedió miles de hectáreas de tierras a empresas locales y extranjeras, forzando, para eludir la consulta previa a los indígenas, un acápite del Convenio 169 suscrito con la Organización Internacional del Trabajo, OIT, que precisa que “un pueblo indígena adquiere la categoría de colectivo social compuesto de territorio, lengua, formas de vida, cultura y derechos tradicionales”.



Más del 74% de los bosques de nuestra Amazonía están concesionado bajo tres modalidades: explotación de gas y petróleo (subsuelo), extracción de minería (suelo) y tala de árboles (aire). Además del cultivo de caña de azúcar, arrozales, producción de palma aceitera, pastizales para la cría de ganado vacuno y sembríos de cocales.



Pueblos olvidados



En esta extensa floresta de la cuenca amazónica de 736,445 km2 (62% del territorio nacional, viven 13 familias linguísticas: Arawac, Cahuapana, Harakmbut, Huitoto, Jíbaro, Pano, Peba-Yagua, Quechua, Tacana, Tucano, Tupí-Guaraní, Zaparo y Tikuna, distribuidas en 1786 comunidades y 14 grupos étnicos en aislamiento voluntario. De esta cantidad 1458 (44 CC) se congregan en la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep), establecidos en 11 regiones que conservan sus costumbres y la propiedad colectiva, intrínsecas en estas culturas que protegen su modo de vida en armonía con la naturaleza.
Precisamente esta tensa situación entre las autoridades y las comunidades indígenas, que defendían la intangibilidad de los bosques, fue el detonante que aceleró los lamentables sucesos del 5 de junio del año pasado en Bagua, donde fallecieron 34 personas entre policías y civiles. Fue una tragedia que despertó la adormilada conciencia nacional.



Si bien es cierto, que más de nueve millones de hectáreas de tierras están registradas como tierras indígenas, por la Ley de comunidades nativas, esa extensión está lejos aún de alcanzar la superficie mínima para garantizar la existencia sin sobresaltos de los grupos indígenas y permitirles satisfacer sus necesidades primarias como salud Educación y vivienda aceptable, el fin supremo de todo ser humano.



“Sierra verde”



El flagelo de la erosión de los bosques naturales del país impulsó en 1997 al gobierno de entonces a declarar “Año de la Reforestación: 100 Millones de Árboles”, para lo cual fueron distribuidos plantones en zonas deprimidas de Cusco, Cajamarca, Áncash, Junín, Ayacucho, Huánuco, Apurímac, Amazonas, Arequipa, Huancavelica e Ica.



Pero el difundido programa de “Sierra Verde” fue un fiasco, los 145 millones de árboles ofrecidos no tuvieron los resultados esperados, la mayoría de las zonas que se pensaba reforestar continúan áridas y las pocas plantas que pegaron languidecen por falta de riego y cuidado. El actual gobierno reinició el proyecto en el 2008, pero tampoco ha hecho reverdecer las praderas altoandinas.

Ocho grandes reservas de bosques del planeta



1. Amazonas: 3.900 Mlls. de km2 de selva tropical, es el más grande de la Tierra. Produce el 20% del oxígeno mundial y cobija en su suelo a la mitad de las especies terrestres.



2. Rusia: 3.9000 Mlls. Km2 de bosque boreal en la taiga (pantanos siberianos donde crecen enormes árboles), es el más extenso de su especie en el mundo.



3. CentroAmérica: 231,000 km2 de selvas (guarda aproximadamente el 20% de los bosques originales) que sirven de corredor migratorio de diversas especies de aves.



4. NorteAmérica (EE.UU., Canadá): 6,500 km2 de bosque boreal (región ártica), absorben gran parte del CO2 del mundo.



5. Bosque de Gola: (Costa de Marfil): 750 km2 allí viven 250 especies de aves.



6. Congo 1.700 Mlls. Km2 es la segunda selva tropical más grande del planeta, es el refugio cotidiano de una variedad de grandes mamíferos (gorilas, chimpancés, bonobos, elefantes, etc.). Engloba siete países de África Central: República Democrática del Congo, República del Congo, Gabón, Camerún, República de África Central, Guinea Ecuatorial, Cabinada, enclave de Angola.



7. SudAmérica: es la única selva grande templada del mundo, son más raras que en los bosques tropicales, se ubican en las zonas australes de Argentina y Chile.



8. Asia del Sur: es el bosque tropical más antiguo del globo terráqueo, hábitat natural de la flora y fauna en peligro de desaparecer.

Willy Rojas
Colaborador

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