sábado, 15 de junio de 2013

♠ CUENTOS DE LA SELVA

LA VIEJECITA QUE HACÍA TEMBLAR A LA LLUVIA

Por
Juan Rodríguez Pérez

Llegué a Juanjui, cuando menos lo esperaba, aprovechando la invitación de mi amigo Rómulo, ingeniero de profesión y que confiaba en mi buen criterio para descubrir el mejor sendero por donde debía encaminarse la trocha para llegar al Gran Pajatén. Me alegré de encontrar a mi amigo José quien hacía más o menos un año había salido de Lima y no tenía cuando regresar, tal vez porque se encontraba a gusto en su tierra o porque se había dado cuenta que nunca debió haber dejado su selva. 

A pesar que el sol empezaba a retroceder para dibujar en el cielo estelas brillantes que buscaban refugio entre los árboles, sentía que el calor tomaba posesión del pueblo, obligándome a penetrar en un bar que estaba al costado y era atendida por una señora algo entrada en años, pero que conservaba un cuerpo que debía haber tenido su buena época. Pedí una cerveza. Vi que la señora le hacía seña a una jovencita que limpiaba una de las mesas.

—¿Quiere que le acompañe? —preguntó la muchacha, esbozando una leve sonrisa y mostrándome una silla.

Me sentí un poco incómodo cuando ella se sentó cruzando las piernas.
—¿Está buscando a alguien? Lo he notado.

—Estoy de pasada, me voy hacia Jelache, y quería conversar con mi amigo José. Sé que está alojado en esta pensión.

—Ah! —Exclamó la muchacha—. El señor Joshe, el que siempre está diciendo "jodido pero contento". Ese viejito wiramaso me da risa, cada vez que me ve, friega y dice, "¿Loicith, ya atrapaste a uno?" El cree que todos los que vienen a tomar un par de cervezas quieren hacer "cositas". Yo me hago de rogar, primero les mareo, yo también soy una pendeja, aunque la dueña del negocio me mire mal.

La quedé mirando. Tendría apenas unos 17 años o a lo más dieciocho, pero su cuerpo frágil y delgado solo dejaba vislumbrar unos 14 o 15 años.

—¿Haces "cositas"?

—Ah, señor, no se haga, si cuando están borrachos todos quieren llevarnos a la cama. La señora tiene atrás un colchón por si se anima.

—No, gracias, mañana parto, solo quiero conversar con mi amigo Joshe.
—No creo que mañana pueda salir. Mire, el cielo se está poniendo oscuro. Va a llover toda la noche. Usted se va a quedar aquí, mirando cómo cae la lluvia. Le puedo hacer compañía si quiere, pero después que termine y eso será como a las doce de la noche. Cuando llueve no aparecen clientes.

—No tengo mucho tiempo. Con unos amigos tenemos que revisar un proyecto.

—Salvo que usted le diga a la viejita que está al fondo, sentada en su mecedora.
 Ella tiene el poder de detener a la lluvia.

—No me hagas reír —fruncí el ceño un tanto asombrado.

Me serví un vaso lleno de cerveza y lo tomé apurado. Dije, qué calor hace por acá, y volví a llenarme el vaso. "¿Te vas a quedar conmigo?"

—Ya le dije que si usted quiere, me quedo en su mesa. O de repente le gusta un muchachito.
—Guarda, pero qué cosa dices.

—Ñañito, es que no lo veo decidido.

—Trae otra cerveza y siéntate a mi lado.

La muchacha se levantó y caminó meneando el culo. No era alta, apenas llegaría al metro cincuenta y cinco, pero sus maneras y la forma de conversar entusiasmaban a cualquiera. Ligeramente morena, con el pelo suelto que, de rato en rato, mordisqueaba, haciendo un mohín, dejándome perplejo.

—Háblame de la viejecita que hace temblar a la lluvia.

—Ah, ñañito, ya veo que estás preocupado. Doña Shobe, es experta. La lluvia le tiembla si ella se para y agarra su "cachimba". Por eso, todos nosotros, le damos su sencillo para que fume y aleje a la lluvia. Si hay fiesta hay que rogarle para que no malogre la presentación. Algunos muchachos, fregados, cuando no quieren ir a la escuela, vienen y le pagan para que no fume. Ella es "poderosa".

La muchacha hablaba convencida de los poderes de la anciana que se balanceaba en la hamaca. Ya teníamos a la noche encima y la dueña del establecimiento, que de rato en rato miraba de reojo a la muchacha, prendió unas luces que apenas alumbraban el establecimiento.

—Ella fuma con ganas y con furia. Se levanta y echa humo al cielo y la lluvia se espanta. Depende de la intensidad de la lluvia; si es huarmilluvia fuma en el coronel, pero si es fuerte y amenaza con relámpagos y truenos, fuma en el general. Con eso soluciona el problema. Puede llover en cualquier sitio, pero en nuestro pueblo no.

—¿Y tú crees eso?

Antes de contestar agarró mi vaso y tomó el contenido. Luego se sonrió haciendo una mueca que me introdujo en un mundo lleno de ilusión. Ella adormecía con la mirada. En sus pupilas me encontraba desprotegido, sin poder escapar del encierro a que me tenía la muchacha de ojos misteriosos

—No sé. Algunas personas creen en sus poderes. Y le traen cosas. La otra vez llegó un sobrino suyo, de Italia, creo, y se burlaba de ella. Pero doña Shobe, bien sentadita en su mecedora, con sus lentes negros puestos, fumaba y fumaba a su coronel, dispuesta a contrariar a la lluvia. El "Italianito" se reía y le animaba a seguir. La lluvia persistía… "Ya ves, tía, no pasa nada". Entonces ella contestó: "es que no me di cuenta que la lluvia ya estaba encima, y cuando me gana, ya no hay nada qué hacer". Y volvió a sentarse en su mecedora, fumando despacio, oyendo que la lluvia golpeaba el techo de calamina.

Me sentí cautivado por esta historia incrédula, llena de fantasía, que tenía nombre propio.

—¿Por qué lo de "coronel"?

—Ah, ¿ñañito, no estás atento? Ya le dije que si la lluvia es de poca importancia, o sea leve, entonces agarra su cachimba, su pipa, pues, la más chica que ella llama "coronel" y le llena de tabaco y fuma; pero si la lluvia viene con tormenta, agarra la más grande que llama "General" y ahí procede con violencia. Eso sí, tiene que ser rápido, se para, aunque se esté cayendo, y mirando el cielo lanza bocanadas de humo, gritando, fuera lluvia, vete a otro lado. Con una mano agarra su cachimba y con la otra esparce la lluvia. Eso me da risa, porque un día de estos se va a caer y nadie la salvará, porque se mueve a las justas. Ah, si usted la viera.
Mientras miraba a la muchacha hilvanaba ideas en torno al día de mañana. Si llueve, como afirma Loicith, nos malograría el día porque los caminos estarían llenos de barro y dificultaría nuestro accionar.

—¡César! —oí un grito en la puerta que reconocí. Era mi amigo José.
—¿Me viste a pesar de la escasa luz?

—Ya me habían pasado la voz que había un joven de tus características tomando una cerveza con mi amiga Loicith. ¿Qué tal? ¿Te está tratando bien?
—Don Joshé, usted sabe que aunque jodida, pero contenta… fua, fay…
—Así es hijita, pero este amigo es especial. Ya tú sabes… César, Vámonos un momento a saludar a la familia. Desde que a mi cuñada le hablé de ti, te ha reservado un cuarto por si alguna vez te animabas a venir por estas tierras, y fíjate que se dio el caso. ¿Y qué te trae por acá?

Le fui contando todo lo relacionado a mi viaje, apurando de rato en rato mi cerveza. En ese momento empezaron a caer las primeras gotas de lluvia sobre el techo de calamina. "Yo se lo dije", murmuró la muchacha y haciendo un mohín se retiró a ponerse detrás del mostrador. José me llevó a saludar a su cuñada, la anciana que seguía sentada en su mecedora, sin inmutarse por la lluvia que amenazaba con prolongarse. Debía tener aproximadamente entre 85 a 90 años. Unos lentes negros cubrían sus ojos, calculé que debía ser para protegerse del humo que emanaba de la pipa.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—Mañana partimos a Jelache.

—No me hagas reír. Esta noche va a llover como no imaginas. La abuela no se ha preparado para ahuyentarlo así que quédate tranquilo en el cuarto que mi cuñada te ha reservado.

Saludamos a la viejecita que tenía un aire misterioso por esos extraños lentes que llevaba puesto. Se levantó para protegerse de la lluvia y acomodó su mecedora en el cuarto del fondo. Me hizo una seña y con su bastón apuntó una de las sillas donde debía sentarme. Cenamos algo ligero: un juane de gallina acompañado de un café aromático con granos de anís. Conversamos casi hasta las diez de la noche. Después, cuando empezó a ganarle el sueño, José me enseñó el cuarto donde descansaría. Estaba a la entrada de la casa, colindando con el local donde trabajaba Loicith, separada apenas por una puerta de madera. La viejecita seguía sentada en su mecedora. No tenía idea si seguía despierta o se había dormido porque en ningún momento se había quitado los lentes negros. Dije que me quedaría un rato más, oyendo el golpetear de la lluvia. Me asomé a la puerta y vi parada a la muchacha en el umbral del local. Tenía ganas de fumar porque un ligero frío empezaba a molestarme. Así que me acerqué a solicitarle cigarros de cualquier marca. No me interesaba. Ella sonrió moviendo la cabeza. Me senté y pedí una cerveza. La vi llevarse un dedo a la boca como dándome a entender que ya sabía que iba a regresar.
—Solo quiero tomar dos cervecitas, pero no me gusta hacerlo solo, ¿me quieres acompañar?
—Para eso estoy, ñañito. Te voy a complacer en todo. Y si te mareas me dormiré a tu lado para que te sientas seguro, porque otras te pueden robar.
No sé en qué momento Locitih me llevaría a mi cuarto y se quedara dormido a mi lado, despertándome con el aroma de su fragancia. La ternura de su piel me llenaba de antojo pasional. Serían como las seis de la mañana, pero la luz que alumbraba el sol me daba la impresión que sería más allá de las 8. La vi moverse y descubrí su cuerpo desnudo. Me sentí un poco avergonzado, pues era casi una niña.

—Hola —me saludo cuando me acercaba a la puerta—. Supongo que te quedarás un día más.

—Tenías razón. Espero que hoy no llueva para continuar nuestro trabajo mañana temprano.
—Ahora le voy a rogar a doña Shobe para que fume y ustedes puedan partir. Ñañito, ¿Cuándo regreses vendrás a buscarme?

En su cara puso una expresión que me adormeció unos instantes. Se vistió como pudo y antes de salir volvió a insistir con su pregunta. Le dije que sí y ella sonrió venteando su falda.

Cuando estaban por dar las doce del día, José me llamó para almorzar. Algo ligero: un poco de mingado, con rosquitas de almidón. Vi al fondo de la casa a doña Shobe, fumando su cachimba, con una dedicación absoluta, concentrada en cada bocanada que daba. Decía algunas palabras que no pude entender, pero que los repetía mirando al cielo. Ese día no llovió. Por la noche, Loicitih regresó a mi cuarto y me comentó que le había dado un sencillo a la abuela para que fumara y alejara a la lluvia mientras estuviera en el pueblo. Se puso cariñosa. No tardé en dormirme, acariciando la piel de Loicith, embriagado por el aroma de su cuerpo.

Me despertaron los toquidos insistentes a la puerta. No estaba la muchacha. Partimos sin desayunar porque insistieron que había que ganarle al día por si se avecinaba una lluvia. Llegamos a Pachiza y de ahí a Huicungo donde tenían una base para guardar las herramientas. De ahí seguimos en canoa por el río Huayabamba, el río Jelache y por último el río Abiseo. Después avanzamos a pie tratando de lograr nuestro objetivo de verificar si la zona era propicia para hacer una carretera que nos permitiera llegar al Gran Pajatén. Teníamos como una semana en ese plan. Cansados de las picaduras y de haber reunido el material necesario, regresamos a Huicungo donde dormimos. Al día siguiente estuvimos en Juanjui. Un sol intenso calentaba las calles molestando los ojos mientras el ruido de las motos nos aturdía.
José me recibió con alegría. Aprovechamos la tarde para refrescarnos en el Huallaga. Vi en el puerto a Loicith.

—La abuela ha estado fumando estos días —dijo la muchacha, acercándose—. Te quiere mucho.

—Pero si apenas la conozco.

—No sé. Todos estos días ha estado fumando tanto a su coronel como a su general. ¿No te das cuenta que hay un sol radiante? Es por ella. ¿Mañana vas a partir?
—Sí, tenemos que ir a Tarapoto para ultimar detalles. Me gusta la inscripción que hay en tu polo.

—Si quieres te lo regalo.

Y sin darme tiempo a una negativa, se quitó el polo dejando al descubierto sus pechos firmes como los mangos de la región. Yo hice lo propio: me despojé del polo y se lo di. Se lo puso de inmediato para luego soltar una carcajada. "Ñañito, tu polo huele a berraco, fua, fuay".

Esa noche hicimos el amor hasta cansarnos. No fue a trabajar, así que nos refugiamos en un hotel a la orilla del río. Me contó que la abuela estaba un poco mal, porque hacía un tiempo que no podía levantar su espalda, por eso estaba echada todo el tiempo, y que cada vez que fumaba para hacer correr a la lluvia terminaba en su cama. A nadie contaba su padecimiento, solo ella que se enteró una tarde que le llevó un racimo de plátanos y algo de dale-dale y la abuela preocupada le dijo que sus días estaban por llegar a su fin.

—Si vez que la lluvia cae sin parar, es que la abuela ya no tuvo fuerzas para doblegarlo, o de repente perdió la batalla.

—No hablemos de ella. Nada le va a pasar. Me da la impresión que va a durar cien años más, porque la veo fuerte y poderosa.

Besé sus labios tiernos y frescos. Ella cerró los ojos y se dejó acariciar. Antes de dormirme el estallido de un relámpago me hizo saltar de la cama. "No te asustes", dijo Loicith, "no va a llover".

Al día siguiente me fui a despedir de José y de la abuela. No estaba sentada en su mecedora. No quiso salir de su cuarto, ni siquiera se dejó ver, de lejos me gritó que me vaya bien.

—No pude despedirme de la abuela —comenté a Loicith.

—Te dije que estaba algo mal. Apresúrate, porque puede caer la lluvia cuando no hay nadie quien la detenga. ¿Regresarás pronto?

—No sé, todo depende del proyecto. Si lo aprueban estoy dentro de seis meses.
—¿Y si no? ¿Quién crees que cuidará a nuestro hijo?
Moví la cabeza.


—Antes de medio año volveré. Te lo prometo. Ahora me voy porque si es cierto lo que dices, si la abuela se pone mal, la lluvia no tendrá piedad de nosotros.
Sus manos sabían acariciar mi rostro. Mis ojos se humedecieron sin poder comprender, apenas le conocía, pero había algo en ella que me atraía. Sí, tenía que volver.
Media hora de camino y empezó el viento que arrancó el toldo del carro. Yo que me encontraba en la cabina pude notar a lo lejos que las nubes empezaban a ponerse negras. Pensé en la abuela Shobe y en Loicith. No tuve tiempo de pensar más, porque la tormenta nos obligó a parar y a buscar refugio en una casa ubicada en el camino. Un árbol cayó cerca de nosotros y el camino se volvió nuboso, lleno de neblina y nos retuvo como dos horas. Cuando pensamos que escamparía en cualquier momento, partimos con un poco de temor. Nuestra visión era escasa y faltaba un largo trecho para recorrer. Aún así, llegamos y lo primero que hice fue llamar a Loicith y me confirmó lo que deduje en el camino. La abuela había fallecido poco después de nuestra partida. No sé si sería casualidad, pero cada vez que veo llover con intensidad pienso en la muchacha y en la abuela Shobe, con sus ojos cubiertos por los lentes negros, mirando a las nubes, intentando dominar a la lluvia, arrojando bocanadas de humo, gritando: fuera lluvia, aléjate, y desde un rincón, Loicith, sonriendo, tapándose la boca.

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